Relatos

Aquí os dejamos el tercer relato, de un papá amigo nuestro, espero lo disfruteís tanto como nosotras. También nos gustaría decir  que ellos también están luchando como nosotr@s, desde su cuidad para que todo esto de la lactancia y una educación respetuosa sea lo más usual.

 TÍTULO: Una historia de vida

La tierra quema mis pies. Camino intentando no sentir, acallando el dolor con mis pensamientos. «Cuando los árboles desaparezcan, no pares, busca el viento». Repito las palabras del abuelo una y otra vez para que mi fe no desfallezca, para que aquel, su último aliento no permita que me rinda.

Ahora estoy obligada a caminar también de día. No hay ninguna sombra, ningún refugio. El ritmo de mis pasos me lleva desde hace tantas horas que no sé si sabría parar. Escucho la tierra cuarteada crujir bajo mi peso. El aire caliente sube despacio desde el suelo abrasado. El sol. El sol cae sobre mis hombros como piedra fundida. Inclemente dios sol. Luna cuándo llegarás.

Llevabas mucho tiempo durmiendo. Ahora te siento moverte en la túnica. Tus manos acarician mi piel, tus pies buscan apoyo en mi cadera. Come hijo mío. Vive. Mis pechos seguirán alimentando tu pequeño paraíso mientras pueda respirar. Vivirás. Aunque tenga que convertir mi cuerpo en leche. Te llevaré a la región de los árboles gigantes, donde dicen que los frutos son grandes como torsos de hombre, y el agua corre por un río tan profundo que no se puede cruzar andando.

 Tengo que descansar. Ha caído la noche. Debería caminar, avanzar ahora que la madre luna está conmigo. Pero no puedo más. Me siento en el suelo, me cubro con la túnica para protegerme del frío y dejo caer la cabeza sobre mi pecho. Justo antes de cerrar los ojos, veo los tuyos mirándome. Sonríes. Te atraigo hacia mí un poco más. Eres tan pequeño.

 Me despierta tu movimiento, tu inquietud. Te revuelves en mi regazo, quejándote sin hacer ruido, como has hecho siempre, como hacen los niños del desierto. Te acaricio, recorro tus pequeñas piernas con mis manos, tu espalda, tus brazos. Todo está bien. ¿Qué ocurre? Es entonces cuando lo oigo. Justo detrás de mi. Un respiración fuerte, rápida, algo que olisquea en la noche buscando comida. Me levanto despacio, extiendo mi túnica para parecer más grande y gruño con toda la rabia que encuentro en mi cuerpo, amenazando a las hienas que nos han rodeado. Soy muy peligrosa les digo, moriré matando. Golpeo el suelo con los pies. Soy pesada, soy fuerte les miento. Rompo la bolsita de almizcle. El olor es tan desagradable que casi me hace vomitar. No soy comestible, os habéis equivocado. Despacio empiezo a caminar. Las hienas, desconcertadas, me dejan ir. Buscarán algo más fácil de cazar.

 Otro día más. Está amaneciendo y tú estás comiendo de mi pecho. El primer rayo del sol te llama. ¿Qué ven tus ojos? Te levanto por encima de mi cabeza. Mira hijo mío. Mira el mundo del que vienes; no lo olvides. Naciste en el desierto; ésta es tu luz. Míralo bien dios sol, cuanta vida hay en él. Envidia lo que nunca tendrás, no dejaré que te lo lleves.

Abuelo, ¿cuánto tiempo puede aguantar una mujer de nuestra tribu sin comer? Continúo caminando con tu bisnieto, que me mira con tus ojos, traspasándome el alma con sus pupilas, con la serenidad de su mirada. ¿Cómo puedo encontrar el viento en este mundo abrasado en el que el aire parece roca? Nada se mueve. Sólo yo.

Con la noche llegan los espíritus. Caminan a mi lado, hablándome, susurrándome en la lengua de los muertos. Creo reconocer a mi tribu. Se acercan, me rodean e intentan desviar mis pasos. Mi familia. Las imágenes de la guerra vuelven como una lanza atravesándome el corazón, los gritos, el fuego, la rabia. Y el miedo. Sólo quedamos tú y yo. La vergüenza y el orgullo de vivir nos perseguirán siempre. El golpe del recuerdo despeja mis ojos turbios. Espíritus farsantes, dejadnos en paz. Los míos son tierra, son polvo, serán luz de la luna, libres de la amargura que os ata a este mundo.

Empiezo a no ser yo. Más allá del cansancio, del hambre y de la sed. Tú sigues ahí, enganchándote a mi pecho cada vez más a menudo. Tu boca en mi pezón me ata a este mundo, pero ya no sé si quiero seguir aquí.

El gigante apareció en el horizonte como emergido de la tierra. Me atrae igual que el fuego a las mariposas nocturnas. Lo he decidido. Prefiero acabar luchando contra un monstruo con mil brazos que perdernos en el olvido de esta muerte inerte que ha roído mi alma. Golpearé, arañaré, morderé con mi último aliento para merecer el recuerdo de los míos.

Y allí, a la sombra de aquel árbol gigante, me quedé dormida.

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1 comentario en «Relatos»

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